Opinión: El turismo transforma vidas

Por Eugenio Chicas | 08 de agosto de 2017

En esta vacación agostina muchos aceptamos el reto del ministro de turismo Ing. Duarte “Haz historia, haciendo turismo en tu país”, porque como él dice: “el turismo transforma la vida”

Secretario chicas

Asumido el reto, nuestra primera aventura familiar nos llevó a Juayúa (del náhuat “Río de las orquídeas moradas”), donde el mercado de comidas nos recibió con una variada y olorosa oferta de platillos atractivamente preparados para saciar el mayor de los apetitos y deliciosos refrescos naturales con frutos de temporada. Alimentos y bebidas fueron preparados con esmero por habilidosas manos, notoriamente capacitadas y acompañados de las mejores sonrisas, producto de toda una tradición de atención al visitante.

Después del suculento almuerzo pudimos disfrutar de un plácido recorrido familiar en un cómodo y atractivo carruaje a tiro de caballo -como los antiguos-, acompañados de un guía que orgulloso nos explicaba detalles históricos, oferta culinaria y turística de este hermoso municipio enclavado en la sierra Apaneca-Ilamatepec a más de mil metros de altura y un clima fresco propio del refulgente verdor del entorno de los cafetales.

El recorrido incluyó la visita al mercado de artesanías, lleno de mágicos y relucientes colores, en el que apreciamos piezas en barro bien pulido, perfectamente acabado, detalles en finas  maderas diestramente trabajadas, vistosas prendas en telas multicolor, aromáticas velas delicadamente decoradas, exquisitos dulces artesanales, olorosas flores y plantas de jardinería ornamental para llevar un toque de distinción a nuestro hogar.

Al final de la tarde, era justo y necesario cargar baterías con un buen café, llegando al vecino de la sierra, Salcoatitán. Encontramos un pequeño municipio sorprendentemente transformado, que conserva y promueve sus mejores tradiciones, convirtiéndolas en toda una oferta para el turista más exigente: una plaza gastronómica muy bien plantada, puestos artesanales, restaurantes y cafeterías por doquier. Disfrutamos en el “Rincón de la Quesadilla Típica” riquísimas y calientitas quesadillas tradicionales acompañadas de humeante y aromático café de altura de la zona.

En la retirada, nuestro paso obligado fue por Nahuizalco, donde el buen gusto obliga a detenerse para admirar la destreza de las manos que convierten la madera rústica en vistosos y cómodos muebles de hogar de línea moderna o tradicional, a precios realmente competitivos.

Otro día, decidimos emprender rumbo a la Cordillera del Bálsamo, ascendiendo desde la carretera al puerto, por una serpenteada ruta hasta Comasagua, una altura dominante a más de mil metros del mar, encontrándonos con el hermoso parador “Brasas y Leña”, que cuenta con una exquisita parrilla, buena atención de su propietario y una vista espectacular.

La necesidad del café de la tarde siempre es pretexto para explorar nuevos lugares; esta vez nuestra ruta nos llevó por un sendero de excelente y pavimentada carretera de montaña, que al filo de la cumbre sinuosamente recorre el hermoso paraje de 14 kilómetros que son los que separan a Comasagua de Jayaque y desde la que se disfruta el esplendor de la vista de la costa, hermosas montañas, intenso y fresco aire puro, así como de mágicas tonalidades verdes que rodean pueblos originarios enclavados en la naturaleza. A diez kilómetros encontramos la finca Santa Elena, donde como en otras ocasiones, su amable propietario Don Filadelfo Baires cordialmente nos recibe; como dicen en la zona “Don Fila sabe de café”, y se luce al explicarnos el proceso y variedades de este prodigioso grano. En este lugar se disfruta además de buenos postres, de uno de los mejores cafés orgánicos, de cepas de altura muy bien conservadas y tratadas con métodos artesanales que le dan un sabor exclusivo, por lo que no desaprovechamos la oportunidad para abastecernos lo suficiente hasta la próxima visita.

Para el fin de semana, reservamos la visita a “La Curva” de San Rafael Cedros, donde se disfruta una de las mejores costillas de res a la parrilla y llegamos hasta San Sebastián, en San Vicente, en la búsqueda de los riquísimos dulces artesanales. A la vuelta, los hermosos viveros de Cojutepeque esperaban por nosotros y culminamos el día en nuestro fantástico y acogedor Suchitoto de siempre, donde se detuvo el tiempo en su arquitectura colonial; el lugar que tiene todos los encantos de belleza natural de montaña, ciudad, río y lago; hermosa y variada artesanía, exquisito arte culinario, atención esmerada y que encierra historia, mucha historia, cultura y valerosas tradiciones.

Imposible superar una vacación agostina sin la obligada visita a Consuma, la feria más grande de Centroamérica, el punto de encuentro de 553 expositores de la mayor diversidad de productos para medio millón de visitantes. Aquí nos fundimos en la algarabía de una muchedumbre alegre, con muchas ganas de vivir y disfrutar, olvidando las penas y recargar las baterías para enfrentar los retos del trabajo cotidiano. Hay mucho que contar sobre este nuestro pedacito de tierra que bajo un hermoso cielo alberga a millones de corazones que vibran y luchan por hacer patria ante la extraordinaria riqueza natural y humana del país que se exhibe orgullosa ante el turismo interno.



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