Opinión: Hacia la recuperación del encanto de la cultura de izquierda II

Por Luis Armando González | 04 de septiembre de 2017

En América Latina, además de la enorme riqueza de los aportes realizados por artistas e intelectuales de izquierda, la cultura de izquierda supo atraer e integrar obras y autores que, sin estar adscritos a esta filiación ideológico-política, no solo se encontraron cómodos en sus marcos culturales, sino que también gozaron de aceptación entre sus militantes y dieron su aporte a la conformación de una conciencia y una sensibilidad posibilitadoras del compromiso político.

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En América Latina, además de la enorme riqueza de los aportes realizados por artistas e intelectuales de izquierda (Víctor Jara, Violeta Parra, Roque Dalton, Luis Cardoza y Aragón y Pablo Neruda, sólo por mencionar algunos nombres de creadores latinoamericanos, a los que se tiene que añadir grupos musicales como Quilapayún, Quinteto Tiempo,  Inti Illimani y Los Guaraguao, entre otros), la cultura de izquierda supo atraer e integrar obras y autores que, sin estar adscritos a esta filiación ideológico-política, no solo se encontraron cómodos en sus marcos culturales, sino que también gozaron de aceptación entre sus militantes y dieron su aporte a la conformación de una conciencia y una sensibilidad posibilitadoras del compromiso político.

Por ejemplo, del lado de la música, Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez, Facundo Cabral, Víctor Jara, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Quinteto Tiempo,  Quilapayún e Inti Illimani se conjugaron, en los años sesenta, setenta y ochenta, para marcar el gusto musical de las dos generaciones que asumieron el liderazgo en las luchas revolucionarias de esos años [1].

En literatura, Mario Vargas Llosa —de quien el P. Ignacio Ellacuría dijo que era, como escritor, sumamante revolucionario y, como analista económico, sumamente reaccionario— coexistía, sin problemas, con Ernesto Sábato, Mario Benedetti, Humberto Constantini [2], Máximo Gorki, León Tolstoi, Pablo Neruda, Roque Dalton, César Vallejo y Gabriel García Márquez [3].

En los años sesenta y setenta hubo mucho quehacer cultural en la izquierda latinoamericana; diverso, rico, variado, creativo e influyente. Otras izquierdas, por ejemplo, en Europa del este y en la URSS de entonces, habían perdido vitalidad y diversidad en su cultura, pero incluso en el realismo socialista (en novelas como las de Alexei Tolstoi) y en la rigidez y la frialdad de sus líderes políticos y sus agentes de espionaje, había un cierto encanto [4].

En América Latina, toda esa vitalidad, diversidad y creatividad cultural perdió el terreno conquistado y se desdibujó a lo largo de los años ochenta —sin embargo, en Centroamérica esta fue una década de mucha riqueza cultural [5]—, hasta arribar a los años noventa, a partir de los cuales la cultura de la derecha, a la que nos referimos al inicio de estas reflexiones, se convirtió en la cultura hegemónica. ¿Cuáles son las razones que explican tal desenlace? Veamos algunas posibles razones explicativas.

En primer lugar, la violencia autoritaria que, a lo largo de los años setenta y ochenta, golpeó con contundencia a artistas, intelectuales, periodistas y promotores culturales progresistas (y también a militantes y líderes de izquierda). La persecución, el exilio, la tortura y el asesinato causaron un daño irreparable, no solo en la cultura de izquierda, sino a nivel general en la cultura intelectual y científica de nuestras naciones. La tortura y asesinato de Víctor Jara (1932-1973) [6] por parte de los militares golpistas chilenos, ejemplifica la violencia padecida por los creadores culturales —músicos, poetas, dramaturgos, muralistas, titiriteros, novelistas, cuentistas, periodistas, profesores— en esas décadas marcadas por la violencia política y el terrorismo de Estado.

En segundo lugar, el auge y predominio de unas empresas de comunicación con un poder económico extraordinario y reproductoras de una cultura de derecha mercantilista, competitiva y consumista. Estas empresas se consolidaron como estructuras casi monopólicas en el marco de procesos de transición democrática -—con fuerte predominio de las derechas políticas y económicas—, en los cuales un mercado capitalista globalizado tuvo (y tiene) la capacidad de fagocitar para su beneficio —convirtiendo en mercancía— cualquier producto, obra o actividad, independientemente de sus orígenes y propósitos.

En tercer lugar, las dificultades que encontraron las tradiciones culturales de izquierda para ser transmitidas desde las generaciones que las fraguaron y llevaron a su máxima expresión hacia las siguientes. El exilio, la dispersión, la muerte prematura y el cansancio (o la decepción) de quienes sobrevivieron hicieron difícil esa transmisión cultural a quienes pudieron haberla continuado en una época distinta, es decir, a la época que siguió al derrumbe de los autoritarismos a finales de los años ochenta y principios de los años noventa. Algunos de los sobrevivientes se instalaron en la sociedad de consumo, mientras que la mayor parte de quienes pudieron haber dado continuidad a la cultura de izquierda —debido a su cercanía con sus principales creadores— se integraron con una facilidad pasmosa al orden establecido, convirtiéndose no pocos de ellos (y ellas) en ardientes defensores del mercado y sus jerarcas en las finanzas y las políticas [7].

Finalmente, el no reconocimiento por parte de la izquierda, que se insertó partidariamente en la dinámica propia de la transición y consolidación democrática, de la importancia del legado cultural de las décadas anteriores. En el contexto de la transición democrática, la presencia cultural de la izquierda perdió lo poco que aún pervivía de sus mejores tradiciones. En la medida que ello sucedía, la hegemonía cultural de la derecha se fue imponiendo, lenta pero casi inexorablemente. En el presente, con unas consolidaciones democráticas aún inciertas, todo aquello que fue magnífico en la cultura de la izquierda latinoamericana, aquello que le dio su particular encanto, es ahora sólo un recuerdo.

Un recuerdo que debe mantenerse vivo porque solo desde el mismo se puede sostener que el encanto del mercado no es algo natural, algo que ha estado siempre ahí. La cultura de izquierda también tuvo su encanto. Un encanto que hay que recuperar, no plegándose a las modas y gustos que el mercado impone, sino rastreando en las tradiciones culturales propias de la izquierda, y las que le son afines, aquello que diga algo a los hombres y mujeres del presente no para tener más dinero o bienes, sino para ser más dignos de su humanidad.     

 

[1] La generación de los setenta, y la anterior, la de quienes eran adolescentes en los años sesenta, también fue influenciada por la renovación musical y cutural que se se generó en esa década (y se extendió a buena parte de la siguiente) y se expresó en el festival de Woodstock («Tres días de paz, música y amor»). El Che Guevara  fue tan influyente, en esa época, como los Beatles, John Lennon y Yoko Ono, Jimi Hendrix, Carlos Santana o Joe Cocker.  

[2] De Humberto Constantini, su libro De dioses, hombrecitos y policías dejó una huella imborrable en mi memoria.

[3] A finales de los años setenta, quien esto escribe recibió de parte de un profesor y amigo, militante de las FPL, la recomendación de leer dos libros que a su juicio eran importantes para el fortalecimiento de las convicciones revolucionarias: La casa verde, de Vargas Llosa, y La madre, de Máximo Gorki. Un par de años antes, otro amigo también de izquierda me había regalado Cien años de soledad, de García Márquez, con el mismo fin. Por último, en 1980, mi novia del instituto, militante del ERP, me obsequió El túnel, de Sábato.   

[4] La versión occidental de estos espías fue James Bond, el agente 007.

[5] El auge de la novela, el cuento y la poesía en Nicaragua, en una época de intervención militar estadounidense a través de la Contra, es digno de mención.

[6] En España, el asesinato de Federico García Lorca (1898-1936), a manos de los franquistas, ejemplifica, el odio fascista y derechista a la cultura progresista y, en el caso de García Lorca, su homofobia.  

[7] En el mundo académico, el caso de los economistas ilustra bien este fenómeno. Discípulos amados de los grandes maestros de la economía latinoamericana, una vez convertidos en profesionales, gracias a becas generosas que les permitieron acceder a maestrías y doctorados, abjuraron de sus «ideas de juventud» y se conviertieron, no sin patetismo, en servidores de los ricos más ricos, aspirando ellos mismos a serlo.



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