Opinión: Hato, un hombre que supo interpretar su época

Por Eugenio Chicas | 05 de septiembre de 2017

Hato, Don Hato, Hatío fue un amante orgulloso de su familia; apasionado y leal aficionado del “Barza”. Su sentido común le permitió ser un agudo, perspicaz y ameno conversador de alegre y espontánea sonrisa, especialmente alrededor de una buena taza de café oscuro y semita caliente; sabio y certero para identificar coincidencias, construir puentes, alcanzar acuerdos, y dar el debido tratamiento a las diferencias con sus interlocutores; accesible en cualquier momento y con la espontánea sagacidad de conectar la más compleja demanda de sus interlocutores que sabía mágicamente resumir en sus apuntes.

Secretario chicas

La pasada semana sufrimos la irreparable ausencia, por intempestiva partida, de un extraordinario patriota y compañero: Hato Hasbún. Sus solemnes exequias, además de mostrar profunda solidaridad con su querida familia y compañeros de lucha de toda la vida, ha sido el cálido y fraterno espacio para rememorar la dimensión de su enorme estatura ética, moral, y sobre todo humana y revolucionaria, que siempre caracterizó su constante empeño transformador para aportar a los grandes cambios necesarios en esta sociedad. Incansable investigador, muy objetivo, con clara y firme postura de izquierda; nunca perdió su constructivo y valiente sentido crítico sobre la problemática política, económica y social, dentro y fuera de filas, enarbolando propuestas concretas.

Voces calificadas desde muchas latitudes, de condiciones socioeconómicos diferentes y de diversas ideologías, se alzaron en reconocimiento de su extraordinaria labor, con el más profundo sentimiento reivindicando su legado; repasando en detalle los más diversos y elocuentes pasajes de vivencias compartidas en su extensa trayectoria; recordándolo como destacado deportista en las ligas del fútbol y basquetbol nacional, dinámico estudiante de privilegiada lucidez y simpatía, prestigiado académico de las ciencias sociales –quizás por eso confiaba tanto en los jóvenes-, con rigurosa formación en las licenciaturas de  sociología y filosofía -con amplios estudios de postgrado en ambas disciplinas- y como agudo periodista de formación reconocida; además de optometrista, probablemente por vocación familiar.

Hato, Don Hato, Hatío fue un amante orgulloso de su familia; apasionado y leal aficionado del “Barza”. Su sentido común le permitió ser un agudo, perspicaz y ameno conversador de alegre y espontánea sonrisa, especialmente alrededor de una buena taza de café oscuro y semita caliente; sabio y certero para identificar coincidencias, construir puentes, alcanzar acuerdos, y dar el debido tratamiento a las diferencias con sus interlocutores; accesible en cualquier momento y con la espontánea sagacidad de conectar la más compleja demanda de sus interlocutores que sabía mágicamente resumir en sus apuntes.

Seres como éste se forjan al fragor de la vivencia humana. El contexto de su llegada en 1946: un año después de concluida la Segunda Guerra Mundial, de la instalación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, inicio de la Guerra Fría entre las naciones que formaron el campo socialista en franca diferencia con los países agrupados en el sistema capitalista, recrudecimiento ofensivo de los valientes combatientes vietnamitas contra la ocupación francesa en respuesta a los cruentos bombardeos en ciudad portuaria de Haiphong con más de seis mil víctimas inocentes, así inició La Guerra de Indochina. En nuestra América, Argentina se alzaba con poderosas movilizaciones del movimiento obrero, destacando Evita Perón logrando liberaciones carcelarias y el arribo al poder de Juan Domingo Perón. Ya había efervescencia de los revolucionarios cubanos que alcanzaron victoria en 1959, abriéndose espacio la gesta del “Che” Guevara.

En nuestro suelo recién derrocábamos la dictadura del general Martinez (1944); asumiendo el poder el mayor Oscar Osorio (1945/1948), un periodo de bonanza de precios del café y algodón, dando lugar a un espacio de reformas con represión selectiva de líderes sociales mediante la ley de Defensa del Orden Constitucional; se aprueba la Constitución de 1950, surge la primera autoridad electoral, la Cédula de Identidad Personal, el ISSS, IVU, CEPA, una incipiente industrialización, la Presa 5 de Noviembre, la Carretera Litoral, el Puente de Oro y la construcción de multifamiliares.

Una prueba de la dureza de ese periodo es el libro “Secuestro y Capucha” de Salvador Cayetano Carpio (1956). Con la llegada del teniente coronel José María Lemus (1956/1960) caen los precios de las exportaciones y se cierran las moderadas reformas. Surge el gobierno del teniente coronel Julio Adalberto Rivera profundizando la represión, constituye la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña (ANSESAL) y el poder paramilitar Organización Democrática Nacionalista (ORDEN); inician los Programas de Alianza para El Progreso. Esta fue la antesala del surgimiento de poderosos movimientos políticos y sociales (1967/1970) sustento de las organizaciones político militares clandestinas de izquierda que surgen en respuesta a las dictaduras militares y la represión.

Multifacético, de pensamiento estructurado, constante en buscar y sistematizar información, fue un hombre de términos sencillos, de fácil expresión por su condición humana, propia de quien domina a profundidad el análisis e interpretación de la realidad. Siempre fue un elegante y respetuoso caballero, cumplidor de su palabra, de mirada cálida franca y directa, dotado del más fino, pero firme tacto del mejor cirujano que aborda los temas más espinosos con profundidad; sencillamente: un ser humano ejemplar.

Hato es producto del crisol en que se forjó la historia de lucha de este sufrido pueblo, él hizo lo suyo, supo interpretar su tiempo, asumió una firme postura de ideas claras y acciones concretas ante la realidad y estuvo a la altura de los retos de su época. Es nuestra responsabilidad asumir su rol siendo maestros formadores de nuevas generaciones, para el relevo. Resta a los jóvenes recoger su bandera, interpretar su propio tiempo y asumir con valentía las transformaciones que necesita nuestra sociedad.



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