Opinión: Las percepciones como problema

Por Luis Armando González | 15 de junio de 2017

Cuando se divulgan los resultados de una encuesta de opinión pública son inevitables las reacciones positivas o negativas. Ni modo: hay que contar con las encuestas de opinión y sus resultados, sobre todo en coyunturas políticas intensas (electorales o no).

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Sus resultados algo dicen —con mayor o menor aproximación— no de cualquier realidad, sino de un ámbito suyo, complejo y problemático: las percepciones de la gente, que hacen parte de ese mundo subjetivo (intersubjetivo, se podría decir también) tejido de intereses, pasiones, temores y «conocimiento», difícil de comprender por el saber científico social. Es decir, el conocimiento científico de lo subjetivo (de lo que sucede en la mente de las personas, de lo que éstas creen, saben y valoran) es una empresa de las más difíciles que hay en el ámbito de las ciencias sociales, particularmente en la psicología. 

Las encuestas (o sondeos) de opinión (o de percepciones) son un procedimiento, y no sólo un instrumento, inventado en las ciencias sociales para acercarse con rigor científico a las percepciones de las personas, a través de lo que éstas dicen acerca de sus creencias, valores, preferencias y opciones. 

Conocer las percepciones de las personas significa conocer cómo éstas ven e interpretan la realidad que les rodea (política, social, cultural, natural), para de alguna manera vislumbrar sus posibles comportamientos, en el entendido de que los sujetos humanos actúan a partir de la visión (nutrida de creencias, valoraciones, intereses, temores y conocimientos) que tienen de la realidad. 

Por lo dicho, una encuesta de opinión pública —más que de la realidad que rodea a los individuos— de lo que nos habla —ese es su objetivo como recurso investigativo— es de la subjetividad de éstos, de lo que sucede en su interioridad psicológica y emocional y que sale a la luz cuando se formulan tales o cuales preguntas. 

La calidad de las respuestas —su fecundidad para ayudarnos a conocer esa subjetividad— depende, en buena medida, de las preguntas; pero también de los marcos interpretativos de los investigadores y, por supuesto, de los procedimientos técnicos que deben asegurar que no hay manoseo de los datos y de las muestras.

Lo importante aquí es salir al paso a la concepción predominante, en algunos ambientes no precisamente académicos, de que cuando se hace una encuesta de opinión lo que se busca es conocer las dinámicas políticas, económicas, sociales, ambientales, de seguridad, institucionales o migratorias, cuando eso no es así. Para conocer esas dinámicas —dígase el crecimiento económico, el aumento de las deportaciones, la tasa de homicidios, entre otros— están las distintas ciencias sociales y sus herramientas, procedimientos y métodos de investigación y análisis. 

Hay que insistir en que una encuesta de opinión quiere acercarse — «medir», dicen algunos, pero esa es una pretensión excesiva si se toma por tal una medición exacta a la manera de las que se hacen en física— a la subjetividad de las personas, pues ese conocimiento puede ayudar a vislumbrar —«vaticinar», se dice en algunos ambientes; y «determinar», en otros más optimistas— su comportamiento ante ciertas situaciones.

Lo anterior permite caer en la cuenta de la importancia que tienen las encuestas de opinión (que exploran percepciones políticas) en las coyunturas electorales, ya que a partir de sus resultados (de las respuestas obtenidas) se pueden hacer cálculos acerca del posible comportamiento político de los encuestados. 

La relación entre una cosa y la otra no es mecánica: que un individuo o grupo de individuos tengan ciertas percepciones sobre la política, sobre la economía o la seguridad no quiere decir que se van a comportar políticamente en una dirección determinada, aunque es posible que lo hagan. Y es esta posibilidad la que preocupa a quienes, en una encuesta de opinión, no resultan favorecidos en las percepciones de la gente. 

Por ello, las percepciones, su configuración y sus inercias no son ajenas —no deben serlo— a las batallas políticas en una democracia. O sea, lo que las personas creen, temen, valoran y saben es importante en un quehacer político que descansa en lo que las aquellas deciden cuando ejercen su derecho a votar. 

En el caso de El Salvador —lo cual vale para otras sociedades— en la lista de elementos que configura la subjetividad de la mayor parte de la gente el saber no ocupa un lugar destacado. Por supuesto que algo saben las personas de lo que sucede en la economía, la política, las instituciones, las migraciones o el medio ambiente, pero el suyo no es un saber sistemático y riguroso a la manera de las ciencias sociales. Por eso, no tiene sentido asumir que lo que dice la gente en una encuesta de opinión sobre la economía o sobre la seguridad «refleja» lo que sucede realmente en uno u otro ámbito. Algo dice esa opinión de esas u otras realidades, pero ese «algo» será más distorsionado en cuanto más expuesta esté la gente a influjos simbólicos y culturales —que mezclan creencias, valores, intereses y saber— de distintas fuentes y procedencias.  

En otras palabras, hay dimensiones de la realidad social —institucionales, políticas, económicas, ambientales, demográficas— sobre las cuales el conocimiento que tiene la gente es sumamente pobre (o incluso nulo). Y, en la medida en que ese conocimiento es escaso o nulo, en esa medida lo que adquiere peso son las creencias, los rumores y las afirmaciones que circulan en el ambiente. 

Es decir, el conocimiento nos acerca más a la realidad; la falta de conocimiento nos aleja de la misma. Cuando escasea el conocimiento, lo que nos sirve para hablar de la realidad son los prejuicios, lo que dicen otros —el «se dice»— y lo que circula en el ambiente como «explicaciones» de los fenómenos. 

Qué se le va a hacer: hay cosas de las que la gente no sabe nada o sabe muy poco (entiéndase «saber» como algo distinto a tener una noción de un asunto o haber escuchado hablar del mismo, o incluso haber tenido contacto directo con un hecho o situación), y al responder preguntas sobre ellas lo que queda en evidencia es su desconocimiento. 

A un buen encuestador esto no se le debería escapar; tampoco se le debería escapar que, a menos que se quiera medir el grado de conocimiento o desconocimiento que tiene la población sobre determinados temas, las buenas preguntas para evaluar percepciones son aquellas que exploran lo que la gente sabe, siente, cree y valora (y ello se circunscribe, por lo general, a su ámbito inmediato de vida). 

Así, preguntar a una persona sobre algo que no sabe —lo cual de antemano se puede suponer razonablemente— lo que nos revelará es su desconocimiento del asunto y no tanto una percepción firme[1]. En las encuestas de opinión, las preguntas orientan y generan las buenas o malas respuestas… y la trampa está justamente en ellas[2] . 

Todo esto sale a relucir en las encuestas de opinión que se hacen en nuestro país. Por eso, algo sumamente complicado es interpretar sus resultados, lo cual puede dar lugar a ligerezas que ponen en la mente y voluntad de las personas tesis y conclusiones que brillan por su ausencia y que sólo están en la cabeza de quienes analizan e interpretan los datos. 

Un ejemplo de esto, a raíz de una encuesta reciente, es la afirmación de que la gente está «desencantada» con la política. Es posible que sea así, y es una hipótesis que no debe ser descartada. Pero pudiera ser que la gente, al manifestar su desconfianza hacia los partidos y la política, lo que hace es refrendar algo con lo que es bombardeada cotidianamente: que la política y los políticos no sirven, que son un mal, que son la fuente de todos los problemas, que son fuente de corrupción y de abusos. 

Y es que las percepciones de las personas, su mundo subjetivo, no surge de la nada, sino que se configura a partir de influjos diversos y muchas veces excluyentes. De ahí que no haya que extrañarse de que, en contextos en los cuales las percepciones se fraguan en el cruce y confluencia de creencias, valores, intereses y «saberes» diversos, las mismas revistan un carácter contradictorio.    

Es el caso de El Salvador, son muchas las procedencias de los factores que configuran las percepciones de la gente. Afirmar que las percepciones ciudadanas obedecen a que el gobierno hizo o dejó de hacer tales o cuales cosas es demasiado simple. Por supuesto que desde el gobierno se influye en las percepciones de las personas, y no sólo por lo que se hace expresamente con ese fin, sino con todo el quehacer gubernamental. Es simplista también afirmar que si hay percepciones negativas en contra del gobierno es porque éste tuvo yerros en algunas (o muchas acciones) suyas, y que, por tanto, si no los hubiera cometido las percepciones le serían favorables. 

Este juicio omite dos asuntos importantes. El primero, que una acción gubernamental (acertada o desacertada) no conforma inmediatamente una percepción —positiva o negativa— en la gente, pues para ello se requieren marcos interpretativos que son justamente los que permiten a las personas valorar o convertir en creencia (integrando esas valoración o creencia en su marco cognoscitivo y emotivo) la acción que les favorece o afecta. 

En otras palabras, las acciones positivas de un gobierno no aseguran automáticamente percepciones (valoraciones, creencias) favorables por parte de quienes se benefician con aquellas. Entre una y otra cosa están los marcos interpretativos de las personas. Y éstos, segundo asunto, no sólo son configurados por el gobierno, sino por otras instancias y actores que también forman percepciones: medios de comunicación, tradiciones, partidos, entornos familiares, comunitarios y laborales, empresariado, religiones... estas son fuentes formadoras del mundo subjetivo en una sociedad.

Un párrafo aparte merece la pregunta acerca de si, en las actuales circunstancias del país, el gobierno está haciendo lo que le corresponde —según sus recursos, capacidades y oportunidades—para incidir en las percepciones ciudadanas, de forma que éstas le sean favorables. No acerca de si las políticas públicas, y las acciones del gobierno están incidiendo favorablemente en la población (o en segmentos poblacionales significativos); tampoco acerca de si se está informando adecuada o inadecuadaente (con las cifras correctas y su difusión) de esas políticas y acciones, sino de si se está ofreciendo a la gente marcos interpretativos mínimos que le permitan entender las acciones y políticas sociales como parte de un proyecto político de izquierda. 

O sea, la pregunta que hay que hacerse es sí, desde el gobierno, se está haciendo la comunicación política oportuna —lo cual va más allá de hacer cosas y de informar cuantitativamente de las mismas—, de modo que se impacte a la gente con mensajes que generen simpatías y adhesión política. Es una interrogante que no deba ser respondida a la ligera. Al contrario, requiere una reflexión detenida, que considere —con realismo— todos los elementos en juego. Aquí nada más se plantea la pregunta.

Dicho lo anterior, las percepciones —su configuración, sus fuentes, la distorsión que se hace de la realidad a través de ellas— constituyen uno de los grandes problemas de las ciencias sociales. 

Y no sólo en El Salvador, sino también en otras naciones, por ejemplo: en Estados Unidos, en donde —como destaca Joseph Stiglitz— «aunque los datos demuestren lo contrario, los estadounidenses siguen creyendo en el mito de la igualdad de oportunidades». Una encuesta de opinión pública realizada por la Pew Fundation revelaba que «casi siete de cada 10 estadounidenses ya habían alcanzado, o esperaban, el sueño americano… Perecía que todos estábamos en el mismo barco; aunque algunos estuvieran, por el momento, viajando en primera clase, mientras que otros permanecían en la bodega… Si echamos un vistazo al mundo, Estados Unidos no sólo tiene el nivel más alto de desigualdad entre los países industrializados avanzados, sino que el nivel de desigualdad está aumentando en términos absolutos… Estados Unidos era el país más desigual de todos los países industrializados avanzados desde los años ochenta y ha mantenido esa posición»[3]. Y esto a despecho de las percepciones y opiniones de los estadounidenses, cuya visión distorsionada de la realidad sólo se explica por los influjos culturales a los que están sometidos y que han generado creencias a partir de las cuales, como anota Stiglitz, Estados Unidos evitó «muchas de las divisiones y las tensiones de clase que caracterizaban a algunos países europeos»[4].   

Idolatrar las percepciones populares es, pues, una gran equivocación. Más bien, de lo que se trata es de analizarlas críticamente, en orden a revelar cuál es el grado de distorsión de la realidad que hay en ellas. Lo relevante, para un conocimiento social crítico, no es si en las percepciones de la gente se rechaza a un gobierno, sino qué tan distantes están las mismas de la dinámica real de un país. Y para conocer esa dinámica real las percepciones de la gente no son el mejor recurso, pues si lo fueran hace tiempo se hubiera prescindido de la economía, la ciencia política, la antropología, la demografía y la sociología, lo mismo que de sus ramas y aplicaciones especializadas. 

Aunque quizás en El Salvador ya hemos comenzado a aceptar que, para conocer de economía, de política, de medio ambiente o de migraciones, el saber popular es el mejor recurso, este es un populismo académico inaceptable, por su ineficacia para conocer la realidad social, pero que cada día gana más adeptos con la complicidad de quienes, por su formación y responsabilidad profesional, deberían plantarle cara a estas arremetidas populistas que han hecho suyo el lema «Vox populi, vox Dei». 

 San Salvador, 6 de junio de 2017

[1] Por ejemplo, preguntas por la cantidad de homicidios o el despliege territorial de la policia, el aumento o disminución de la migración, el crecimiento de la economía, los niveles de desmpleo, etc., requieren de un conocimiento especializado que va más allá de las percepciones populares, en El Salvador actual. 

[2] Hay quienes se han especializado en hacer preguntas tramposas, cuyas respuestas explotan con fines ajenos al conocimiento de la subjetividad de las personas.

[3] J. E. Stiglitz, El precio de la desigualdad. México, Taurus, 2012, pp. 67-69.

[4] Ibid., p. 67.

*El autor es Licenciado en Filosofía por la UCA. Maestro en Ciencias Sociales por la FLACSO, México. Docente e investigador universitario.



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