Opinión: ¿por qué contribuyo financieramente a un partido político?

Por Marcos Rodríguez | 09 de enero de 2017

El secretario de Participación, Transparencia y Anticorrupción, Marcos Rodríguez, razona y propone que la sociedad salvadoreña aborde lo antes posible, y sin hipocresía, el tema del financiamiento de la política.

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El viernes pasado tuve una entrevista en el programa 8 en Punto, en canal 33, sobre la que escribiré en otra oportunidad. En este momento quiero referirme a lo que expresé en ese espacio televisivo, sobre  que contribuyo mensualmente al FMLN, de manera voluntaria, con $600, aun no estando formalmente afiliado a dicho partido político.

Por esta afirmación he recibido reservas, aun de las personas que me han expresado su apoyo lo cual no deja de llamarme la atención. No por lo dicho por el señor Will Salgado que acababa de presentarme públicamente sus disculpas por una falsa afirmación que involucraba falsamente a mi familia en un accidente, pero aprovechó la oportunidad  para asegurar que con esto estaba pagando mi puesto en el gobierno. Sino porque, de alguna manera, creo que este punto toca un aspecto sustancial en la cultura cívica y la trasparencia del sistema político nacional.

Creo que los partidos políticos son, con todas sus limitaciones y errores posibles, la forma más avanzada de intermediar entre la ciudadanía y la gestión gubernamental en sociedades donde, naturalmente, existen distintos intereses sociales y posturas ideológicas. Y digo intermediar porque en la medida de lo posible creo que hay otras maneras de participación ciudadana más directas y constantes en la política, que se muestran cada día más necesarias ante las limitaciones de los partidos. Sin embargo, no creo que éstas sean capaces de sustituir el papel de los partidos como forma de agregar las posturas ideológicas e intereses diversos que, lógicamente, existen en la sociedad.

Tanto la historia como el presente ofrecen otras alternativas a los partidos como, por ejemplo, las monarquías que aún subsisten y con mucho poder en el medio oriente sin que nadie esté interesado en promoverles una primavera árabe; la dictaduras militares y aun los gobiernos religiosos, sin excluir a las cúpulas empresariales que, a menudo, piensan que no solo deben hegemonizar el mercado, sino también el gobierno y otras entidades del Estado, de manera directa o indirecta.

Descartadas las expuestas posibilidades, creo que debemos convenir que los partidos políticos son a esta altura de la sociedad humana, y de la corta vida democrática de El Salvador --con todas sus limitaciones y defectos-- la forma más avanzada de gestionar el Estado en representación de la ciudadanía.

Es, en consecuencia, y de vital importancia que la sociedad ejerza control sobre el financiamiento de los partidos, dado que son la llave para la gestión del gobierno y como popularmente se dice “el que paga pide la canción”.

En la política democrática debe primar la decisión igualitaria de todos y todas las ciudadanas, lo cual es radicalmente a las reglas del mercado, donde cada persona u entidad vale tanto como lo permite su poder económico. Por este motivo es de vital importancia impedir que la entidad política que obtiene mayores recursos económicos obtenga mayores posibilidades de financiar las costosas campañas electorales y, en consecuencia, ganar las elecciones.

La cuestión radica entonces en definir cómo la sociedad debe controlar el financiamiento de la política, tanto en lo que se refiere a quién paga, cuánto paga, cómo se emplean esos recursos y qué tan trasparente es todo este sistema de ingreso y gasto en el financiamiento de la política.

En este sentido El Salvador se encuentra actualmente en un momento importante, ya que el punto está bien situado en la agenda pública y se están promoviendo cambios legales e institucionales al respecto.

Particularmente creo que el sistema más próximo a lo ideal es que el financiamiento de la política sea fundamentalmente estatal, no porque esto le ahorra dinero a los privados, sino para evitar que los grupos con mayor poder económico se apoderen del gobierno en detrimento de la mayoría de la sociedad. ¿Díganme si no es esto lo que históricamente ha sucedido en el país?

Para comenzar, tomando en cuenta que el financiamiento privado de la política es un hecho, creo que podemos avanzar influyendo para que las campañas electorales sean más cortas y baratas de lo que son en la actualidad y obligando a que el financiamiento privado sea más trasparente y supervisado.

Pero no alcanza con la trasparencia. También hay que asegurar que el mensaje de los partidos llegue a la ciudadanía de manera más equilibrada, no tanto para lograr mayor igualdad entre los partidos, que de por si son desiguales en tamaño y apoyo social, sino por el derecho de las personas a ser equilibradamente informadas a la hora de decidir a quién le otorgarán su apoyo para gestionar el gobierno.

No me cabe duda que si hay partidos políticos que comunican con megáfono y otros con pitillos, los primeros dominarán el mensaje a la ciudadanía e impedirán que esta última, que en democracia debe ser el soberano, sea equilibradamente informada.

¿Y qué tiene que ver esto con que una persona como yo contribuya voluntariamente con un partido político? Pues mucho, ya que si partimos de que el financiamiento privado de los partidos y campañas es hoy por hoy inevitable, creo que lo mejor es contribuir a que el mismo sea antes ejercido por miles de ciudadanos y ciudadanas particulares, que por pocos y poderosos intereses.

No soy tan ingenuo para pensar que por ser muchas y pequeñas las contribuciones no habrá quienes pretendan obtener una recompensa particular contraria a interés general. Hay de todo en las viñas del Señor. Pero sin dudas, el poder de cada demandante para reclamar privilegios será relativamente menor que si son unos pocos y poderosos.

Pero tampoco se puede partir de que todas las personas son egoístas. También están quienes ven en la política una responsabilidad cívica que debe orientarse a la promoción de intereses colectivos.

En lo personal, no pretendo ser perfecto, pero nunca he sido hasta mis 56 años funcionario público y siempre he preferido encontrarme entre este último grupo de personas que contribuyen activamente con las opciones políticas que he considerado más justas para la sociedad.

Soy consciente que siempre hay y habrán personas que consideren, como el señor Will Salgado, que si alguien financia a un partido es porque está comprando un puesto en el Estado del cual se beneficiará. Después de todo, son los mismos que piensan que los contribuyentes voluntarios a las iglesias, están comprando indulgencias. Dicen que el león juzga por su condición.

Estos son los razonamientos por los cuales considero que es mi responsabilidad cívica contribuir al financiamiento de la política, al mismo tiempo que abogo para que más temprano que tarde nuestra sociedad aborde el tema del financiamiento político sin hipocresías.



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