Opinión: Tiempo de monseñor Romero

Por Luis Armando González | 12 de septiembre de 2017

Cuando este escrito ya estaba terminado, me encontré por casualidad con una columna de Regina de Cardenal, dedicada a monseñor Romero, publicada en El Diario de Hoy. No deja de ser curioso que gente de derecha se ocupe del arzobispo mártir; además de la señora de Cardenal, también lo ha hecho en días recientes Federico Hernández Aguilar.

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Nota introductoria

Naturalmente que lo hacen mal, entresacando frases de sus escritos y ofreciendo una imagen falsa de monseñor Romero. Quizás habría que recordarles —o hacerles saber— que todo proceso de conocimiento comienza con preguntas que son las que conducen nuestra búsqueda, siempre aproximada, de la verdad. En el caso de monseñor Romero, cualquier intento de conocer su pensamiento y acciones de manera integral no puede prescindir de estas dos preguntas: a) ¿por qué lo odiaban la oligarquía, la derecha política y los militares?; b) ¿por qué la oligarquía y la derecha política ordenaron su asesinato, mismo que fue ejecutado por un escuadrón de la muerte que seguía órdenes, tal como indican distintas evidencias del ex mayor Roberto D’Aubuisson? Si la señora de Cardenal se hace estas preguntas, se dará cuenta de que sus opiniones sobre monseñor Romero tienen poco sentido y, en consecuencia, son irrelevantes para entender integralmente su pensamiento, acciones y martirio. Es decir, el monseñor Romero que ella tiene en mente —anticomunista y aquiescente con el Opus Dei— no hubiera sido odiado y mandado a asesinar por los grupos de poder económico y político, sino todo lo contrario: hubiera sido celebrado y adulado, como lo eran algunos de sus compañeros obispos. La invito, entonces, a que se haga las preguntas anotadas arriba, no para que cambie de parecer, sino para que sea un poco más prudente con lo que publica, pues a nadie la viene mal cuidarse de hacer el ridículo.

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Uno de los textos más hermosos y profundos que jamás se hayan escrito es este del Eclesiastés:

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;

Tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;

tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;

tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;

tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;

tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;

tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz».

Nos habla de cosas importantes, sobre las que muchas veces no nos detenemos a reflexionar, pero que están ahí, marcando nuestras vidas y decisiones en los momentos más críticos. Que todo tiene su tiempo quiere decir, ante todo, que cada cosa que sucede lo hace en su momento, no en cualquier otro. A lo que no le ha llegado su tiempo —para nacer o para morir, por ejemplo—, no sucede. En segundo lugar, el texto también apunta a la propia temporalidad de cada realidad. Realidades distintas tienen tiempos distintos. Ahora lo sabemos mejor: desde las emociones, los sentimientos y la razón de cada cual, el tiempo de lo que nos rodea y nos atañe —los días mismos— no tiene siempre la misma duración y densidad. Hay cosas (experiencias, vivencias) más duraderas y más densas que otras. En lo que concierne a la  historia, hay jornadas, coyunturas, procesos o incluso días más densos, intensos y duraderos que otros. La temporalidad de los fenómenos históricos no es absoluta: hay unos que van más lentos que otros. Y desde la naturaleza, la temporalidad de cada cosa depende de su velocidad, de su masa y de las fuerzas electromagnéticas o gravitacionales que la afectan: en el límite, en algo que viaje a la velocidad de la luz (la luz misma) el tiempo se dilata infinitamente.  

Por último, el texto del Eclesiastés puede ser leído en clave de exclusión: cuando hay muerte, no hay vida; cuando hay llanto, no hay risa; cuando se destruye, no se edifica. También puede leerse en clave de predominio: hay tiempos en los que predomina la vida sobre la muerte, el llanto sobre la risa, la destrucción sobre la construcción, la desesperanza sobre la esperanza; o lo contrario: el hablar sobre el callar, el dar sobre el recibir, el sembrar sobre el podar. Quizás esta lectura se ajuste más a las dinámicas de la realidad histórica, según las cuales lo que se tiene son procesos que dominan sobre otros, sin abolirlos del todo, según los tiempos y los momentos de cada sociedad.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero ejerció su magisterio como arzobispo y murió en una época histórica densa, con una temporalidad propia, irrepetible. Ese tramo de la historia salvadoreña es incomprensible sin su voz profética y su martirio. Era un tiempo de persecución, tortura, terror estatal y paramilitar, asesinatos y miedo colectivos. Fue un tiempo de energías populares desbordantes, que no encontraban forma de encauzarse pacíficamente en la construcción de un país distinto, pues los esquemas autoritarios y excluyentes prevalecían sobre cualquier consideración mínimamente democrática. El asesinato de monseñor Romero, el 24 de marzo de 1980, constituye el ejemplo máximo de lo oscuro de aquellos tiempos trágicos y violentos. En el plano histórico, la guerra civil que se inició formalmente al año siguiente puso de manifiesto el cierre de opciones no violentas para quienes se esforzaban —entre ellos había estado Mons. Romero— por la construcción de una sociedad democrática y menos injusta en lo económico.  

Toda la década de la guerra estuvo marcada por el dolor popular, pues la estrategia militar gubernamental —bajo la tutela de Estados Unidos— nunca tuvo reparos en aplicar cualquier cantidad de violencia en contra de comunidades consideradas «bases de apoyo» del FMLN. Los años más duros fueron los que van de 1980 a 1984, que fueron los de una verdadera sangría popular y social: estudiantes, docentes, militantes de organizaciones populares, religiosos y religiosas, sindicalistas, líderes campesinos… fueron sometidos a una violenta persecución que tenía como finalidad su exterminio.

Y en ese contexto de violencia política, estatal y paramilitar, se comenzó a honrar a memoria de monseñor Romero. Con miedo, escondiendo sus fotografías, sabiéndose vigilados y en riesgo, hombres y mujeres valientes del pueblo, o identificados con sus luchas y necesidades, se reunían para recordar a su pastor, para reclamar por su asesinato y para alimentar su espíritu con una dosis de esperanza, necesaria pero difícil en esos momentos trágicos para el país. El «salvadoreño más universal», como lo llamó el P. Ignacio Ellacuría, estaba prohibido en El Salvador. Su nombre, mensaje, su vida y su muerte eran anatema para los grupos oligárquicos, los militares y los políticos a su servicio de aquel entonces (principalmente del PDC, pero también de lo que quedaba del antiguo partido oficial, el PCN) [1].

Sin embargo, en colonias y barrios, en cantones y caseríos, en ermitas y parroquias progresistas, monseñor Romero fue recordado año con año. La vigilancia y la persecución amenazaban por doquier, pero venciendo temores ahí estaba la gente —en la UCA, en la cripta de Catedral (que aquellos años era un lugar oscuro y oculto), en los campos de refugiados en Colomoncagua o Mesa Grande, en San Antonio Abad, en Mejicanos, en Perquín… —honrando a su pastor martirizado, a quien desde esos momentos el pueblo convirtió en santo. Y Don Pedro Casaldáliga convirtió en poema esa santificación:

 

San Romero de América, pastor y mártir nuestro

El ángel del Señor anunció en la víspera…

El corazón de El Salvador marcaba

24 de marzo y de agonía.

Tú ofrecías el pan,

El cuerpo vivo

—El triturado cuerpo de tu pueblo;

Su derramada Sangre victoriosa

—¡La sangre campesina de tu pueblo en masacre

que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,

Y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;

Como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu pueblo.

¡Y se hizo vida nueva

en nuestra vieja iglesia!

Estamos otra vez en pie de testimonio,

¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!

Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.

Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el continente.

Romero de la pascua latinoamericana.

Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del imperio.

¡Pobre pastor glorioso,

abandonado

por tus propios hermanos de báculo y de mesa…!

(Las curias no podían entenderte:

ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,

en desespero fiel,

Pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.

El pueblo te hizo santo.

La hora de tu pueblo te consagró en el kairós.

Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,

Tú sabías llorar, solo, en el Huerto.

Sabías tener miedo, como un hombre en combate.

¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del altar y del pueblo,

Con una sola mano consagrada al servicio.

América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini

En la espuma-aureola de sus mares,

En el retablo antiguo de los Andes alertos,

En el dosel airado de todas sus florestas,

En la canción de todos sus caminos,

En el calvario nuevo de todas sus prisiones,

de todas sus trincheras,

de todos sus altares…

¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:

¡Nadie hará callar tu última homilía!

Ese bello poema anuncia, en contraste con la realidad del pastor asesinado a sueldo, a dólar y a divisa, la pascua latinoamericana y salvadoreña. Una pascua que ciertamente, como ideal utópico, no se consigue plenamente, pero que se vislumbra ahí donde la vida vence a la muerte, donde el recuerdo vence al olvido. Desde aquellos años ochenta de muerte, persecución y exilio, hasta el día de ahora, los salvadoreños hemos caminado, movidos por la esperanza, en busca de una sociedad en paz, más justa e incluyente. Todavía nos queda mucho camino por recorrer en esa dirección. Viejos problemas estructurales están aún presentes. Otros nuevos han surgido. El crimen genera temor y muerte en el presente, pero el terror estatal generalizado pertenece al pasado.

En unos tiempos difíciles, el recuerdo de monseñor Romero se mantuvo vivo y actuante, dando esperanza a quienes no tenían pocas razones para mantenerla. Aquellos eran tiempos de locura. Eran tiempos de esperanza contra toda esperanza. Tiempos de matar, de destruir, de llorar. Nuestro presente, es un tiempo de edificar, de plantar, de juntar piedras, tiempo de bailar… sin dejar de reconocer, eso sí, que El Salvador no es una isla de la fantasía. Sin dejar de reconocer que hay dinámicas, como las del crimen organizado y las pandillas, que generan miedo y muerte en distintas comunidades del país.

Con todo, es el tiempo propicio para hacernos cargo, con absoluta libertad, del legado de monseñor Romero. Este es el mejor tiempo —el kairós— para conocer y hacer realidad sus ideales sociales, económicos y políticos [2]. Además de celebrarlo y honrarlo, debemos permitir que nos interpele y sea el referente ético que nos aliente a defender la dignidad y derechos de cuantos nos rodean. Todo tiente su tiempo: este el tiempo de monseñor Romero.

 

[1] También lo era para miembros de la jerarquía eclesial y para sacerdotes que no dudaron en plegarse a los designios del oficialismo civil-militar y a los emanados del Vaticano, en ofensiva conservadora por ese entonces bajo los auspicios de Juan Pablo II y de Joseph Ratzinger, más tarde nombrado Benedicto XVI.  

[2] Ver sus homilias, cartas pastorales y diario personal.



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