Masacre de El Níspero: Destello de verdad para el General Vides Casanova

Por César Villalona | 09 de abril de 2015

El Níspero, en el cantón El Carrizal de Santa María Ostuma, en el departamento de La Paz, es una de las masacres que se cometieron cuando el General Vides Casanova era Jefe de la Guardia Nacional a inicios de los años 80. Fueron 10 miembros de dicha comunidad a quienes los asesinaron en un solo día y 35 años después sus familias les reencuentran y los despiden nuevamente, pidiendo que no se olvide su historia y que los responsables, al menos, pidan perdón.

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Exhumaciones

José Ramiro Alvarado o Chepillo como se le conoce entre la comunidad, recuerda que este hecho se sacó a la luz hace 19 años ya que antes de eso nadie decía nada. Con el padre Santos (párroco) de la iglesia católica de ese entonces, se planteó hacer una misa por estos difuntos.

“Ese día fue muy difícil, el padre nos dijo que sí, pero solo nueve llegamos a esa misa, por el miedo de la gente. Ahí se arranca y se despega para sacar a la luz a esta gente olvidada”, afirmó Chepillo.

El ahora pueblo reconocido por su gran producción de piñas de muy buena calidad, también es un enclave de campesinos que un día por organizarse para evangelizar y para conocer la realidad de injusticia, fueron perseguidos, humillados, torturados y asesinados, ya que eran señalados como guerrilleros y comunistas.

El relato de la masacre

“Nosotros pensábamos que como no estábamos haciendo nada malo, no nos iba a pasar nada, por eso no huimos. Vivíamos tranquilos”, aseguró Juan Hernández Beltrán de 68 años y quien es uno de los sobrevivientes y hermano de varias de las víctimas de la masacre.

Perdió a su esposa Esterlina Echegoyén quien estaba con 9 meses de embarazo de su séptimo hijo, a Isidro López, (sobrino y esposo en ese entonces de su actual compañera), Vicente Hernández (Tío), Rosita Hernández (8 años, prima e hija de su tío Vicente), Nicolás Hernández (hermano de 18 años), Gerardo Hernández (Tío), María del Rosario Molina (originaria de San Pedro Nonualco, casada con un tío). También murieron Blanca Nieves López Hernández y su padre Jorge López, a quienes no se logró exhumar porque no se ubicó el lugar exacto donde quedaron sus restos.

Cuenta que ese día mataron a muchos de sus familiares: “Solo éramos catequistas, nos reuníamos en grupos bíblicos de las comunidades (eclesiales) de base, pero la gente de ORDEN empezaron a decir que éramos comunistas, subversivos y luego nosotros nos sentíamos incómodos pero no decíamos nada”.

Los niños recibían catequesis, ayudados en la evangelización por un padre que se llamaba Porfirio. El gobierno que estaba en ese entonces le tenía miedo a los “grupitos” que se iban formando y consideraban que estaban contra él.

Acercándose el 31 de mayo de 1980, después de ser controlados por espías vieron unas avionetas sobrevolando bien bajo, las mujeres con los niños se pusieron bien contentos porque nunca habían visto una avioneta tan cerca.

Al siguiente día entró la invasión. La Guardia entró por el Paraíso de Osorio y ahí empezó a matar, había casas de pajas a las que les dieron fuego y donde se quemó el maíz, el frijol, el maicillo, la ropa de toda la gente.

Según Hernández, como a las cinco de la madrugada entró la Guardia Nacional, junto a la Policía de Hacienda y un batallón de soldados. Toda la gente todavía estaba durmiendo. Rodearon todas las casas y empezaron a matar.

“A mi hermano lo sacaron del pelo, le pusieron la cabeza en un trozo y le volaron la cabeza. A un sobrino lo encerraron, lo embrocaron y le volaron la cabeza en frente de su esposa y abrazando a un niño”, relató Hernández.

“Unos se escaparon como pudieron, a otros los alcanzaron. Yo había salido unos minutos antes al monte a trabajar, cuando iba lejitos oí la gran balacera, luego me escondí y me puse unos montes en el lomo. Cuando ellos se fueron fui a ver a mi esposa y la encontré que todavía le brincaba el hijo de 9 meses que llevaba en su vientre y que murió junto a su madre. Ya no pude hacer nada, me sentía tan aturdido que no supe qué hacer”, comentó.

Juan rememora que luego, angustiados y como pudieron, hicieron una fosa para los diez que habían asesinado.

Un día después regresó al lugar donde los habían enterrado y logró trasladar al panteón a su esposa, pero a los otros no los pudieron sacar del hoyo donde los habían dejado y tuvieron que huir.

Con su pareja procrearon nueve hijos, de los que habían muerto tres y aún tenían seis.

Lucía Beltrán viuda de Hernández, madre de Juan, sentada al lado de las seis cajas con restos de sus familiares comenta entre serenidad y dolor: “Estos eran hermanos de él, son mis hijos. Qué va a hacer uno, yo me siento afligida porque me los mataron… yo los fui a ver cuando estaban muertos”.

“Fui a dar parte al señor juez, pero no vino a ver. Me dijo hagan un solo hoyo y ahí los echan a todos, de todos modos a la tierra vamos todos”, añadió la anciana.

El proceso de reparación

Según testimonios de las víctimas recogidos por los abogados de Tutela Legal María Julia Hernández, quienes les han apoyado en los trámites legales para realizar la exhumación de los restos y que se conozcan los hechos de esta masacre, los de ORDEN fueron los que andaban señalando a las personas, comandados por un hombre de apellido Zelaya y que era apoyado directamente por Manuel Díaz. Aseguran  que ambos están vivos.

“Manuel Díaz se fue huyendo a Candelaria porque sabía lo que había hecho y aquí está otro, llamado Marcelo Mejía que venía a enseñar dónde había quedado la gente. Lo vistieron con trapos rotos para que no lo conociéramos. Ellos tenían vínculos con los de la Fuerza Armada”, aseguró Juan Hernández.

El padre Rutilio Sánchez desde su organización llamada SERCOBA (Servicio a las Comunidades de Base), apoyó para poder gestionar con el Comité de Víctimas la exhumación de los cuerpos.

Hace cuatro años empezaron el proceso para exhumar los restos. El mismo equipo argentino de antropología forense que apoyó las exhumaciones en El Mozote, hizo el análisis de los restos, junto a la jueza, la policía, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, Fiscalía General de la República, Tutela Legal y Medicina Legal.

Los familiares de las víctimas nunca hicieron ninguna acusación judicial por temor a represalias o que los mataran, ya que las autoridades los acusaron de tener armas que nunca conocieron. “Nosotros la única arma que teníamos era la biblia”, aseguran.

“Ahora sentimos alegría, que ellos viven, que los rescatamos porque no eran animales para estar aventados en la tierra, olvidados, no dejamos de sentir el dolor de esta herida que no sana (y se quiebra en llanto, sobándose el pecho)… no sana, todavía nos duele”, solloza Juan.

Agregó que le duele que sus hijos quedaran sin madre y recordar que cuando le preguntaban por qué había muerto y quién le había matado, les decía que había sido la Fuerza Armada y los coroneles de ese entonces que ordenaban las muertes de toda esta gente.

“Nosotros por lo menos quisiéramos que pidieran perdón por lo que han hecho, aunque no los juzgaran, que reconocieran sus errores y que pidan perdón con la familia para sentirse satisfecho uno. Nosotros no podemos hacer nada, hay una ley divina que los juzgue”, termina comentando don Juan.

En la vela de los restos exhumados, una joven de 23 años preguntaba, quién era la Guardia Nacional. “Nuestra juventud no conoce la historia…hay que contársela”, aseguró Chepillo.

La comunidad está dividida porque hay unos que están contentos por el reencuentro, pero hay otros que están molestos y dicen para qué se sacaron los restos, que ahí los hubieran dejado.

Comentan también que las autoridades municipales que deberían promover una cultura de paz exclaman que “por fin sacaron lo que querían y ya se acabó la jodedera de todos los años que se ha venido conmemorando la masacre”.

A esta gente algún sector del pueblo todavía los considera comunistas, guerrilleros y se abrogan el manto de que ellos son los buenos y los salvadores de la patria al lado de Dios. Las autoridades municipales gobernadas actualmente por el partido ARENA piensan y sostienen que ellos son de otra clase social y no tienen que ver con esta historia.

Los familiares de las víctimas hoy quieren que esta historia se escriba de generación en generación y no se crea que acaba con estas exhumaciones, para que trascienda y no se repita.

La Junta de Apelaciones Inmigratorias (BIA, por sus siglas en inglés) del Departamento de Justicia de los Estados Unidos ordenó deportar al General Eugenio Vides Casanova por concluir que bajo su "responsabilidad de comando" ordenó, cometió o contribuyó en torturas y asesinatos de civiles en El Salvador.

Como jefe de la Guardia Nacional y ministro de Defensa, "conocía de estos abusos durante o después de los hechos, y a través de su interferencia personal con las investigaciones como su inacción, no llevó a los perpetradores a la justicia", dice el dictamen de 22 páginas de la BIA.

Vides Casanova fue Jefe de la Guardia Nacional salvadoreña desde 1979, y promovido a Ministro de Defensa en 1983, ocupando ambas posiciones en lo álgido del sangriento conflicto armado (1979-1992) que dejó en El Salvador más de 75,000 muertos y más de 10,000 desaparecidos, según la Comisión de la Verdad de la Organización de las Naciones Unidas.

Entre los casos más destacados que se le imputan a Vides Casanova está el asesinato de cuatro religiosas estadounidenses en 1980. Ita Ford, Dorothy Kazel, Jean Donovan y Maura Clarke, que fueron detenidas, abusadas sexualmente y asesinadas el 2 de diciembre de ese año por elementos de la Guardia Nacional que después admitieron su participación obedeciendo órdenes superiores. El juez consideró sustentadas las acusaciones de que Vides Casanova obstaculizó la investigación y protegió a los responsables.

El 14 de mayo de 1980 la misma Guardia también había cometido una masacre a orillas del Río Sumpul asesinando aproximadamente a unos 300 campesinos. El 14 de junio del mismo año, también el sacerdote franciscano Cosme Spessotto radicado en San Juan Nonualco era asesinado por un escuadrón de la muerte que, según investigaciones posteriores, involucró a la Guardia Nacional en el crimen.

Fotogalería:

[caption id="attachment_37916" align="aligncenter" width="600"] Ovidio Mauricio, Director de Tutela Legal María Julia Hernández, entrega los restos de su esposo a doña Dolores Mejía. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37917" align="aligncenter" width="600"] Don Juan Hernández recibe las osamentas de su prima Rosita para trasladarlos a la iglesia de Santa María Ostuma. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37918" align="aligncenter" width="600"] María de la Luz Molina le pone un escapulario a los restos de su hermana mayor y entre dientes sollozaba lamentar que no se pudo despedir de ella. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37919" align="aligncenter" width="600"] Familia de María del Rosario Molina, originarios de San Pedro Nonualco reciben los restos oseos para trasladarlos a dicho pueblo y darles sepultura. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37920" align="aligncenter" width="600"] Doña María de la Luz Molina era una de las señoras más afectadas por la exhumación de su hermana. Una de sus hija comentó "mi mamá nunca va a olvidar este día". (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37921" align="aligncenter" width="600"] Miembros del cantón El Carrizal que acompañaron el funeral de los restos de los masacrados hace 35 años. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37922" align="aligncenter" width="600"] Inicio de la misa en Santa María Ostuma, para despedir a los masacrados en el Níspero del cantón El Carrizal. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37923" align="aligncenter" width="600"] La imagen y memoria de Monseñor Romero entre los parientes de las víctimas. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37924" align="aligncenter" width="600"] Traslado de los restos hacia el cementerio de Santa María Ostuma por sus familiares. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37925" align="aligncenter" width="600"] Algunos curiosos del pueblo que timoratamente salieron a las puertas de sus casas para ver el cortejo fúnebre. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37926" align="aligncenter" width="600"] Algunas expresiones de extrañeza y quizás recuerdos del pasado al observar el cortejo fúnebre. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37927" align="aligncenter" width="600"] Llegada de los restos al cementerio de Santa María Ostuma. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37928" align="aligncenter" width="600"] Todos los restos de las víctimas fueron depositados en un sólo mausoleo para su descanso, excepto el de María del Rosario Molina que fue trasladada a San Pedro Nonualco. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37929" align="aligncenter" width="600"] Doña Lucía Beltrán viuda de Hernández rompe en llanto en el cementerio cuando sellaban la tumba de sus hijos y demás parientes. "Pensé que no iba a llorar, pero no puedo", comentó. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37930" align="aligncenter" width="600"] La mayoría de personas que murieron en esta masacre eran campesinos y gente humilde y esa condición también les acompaña aún a algunos de sus parientes que les siguieron hasta su despedida. (Foto: José Mejía)

[caption id="attachment_37931" align="aligncenter" width="600"] Don Juan Hernández y doña Dolores Mejía hoy tienen nueva familia, pero el dolor de esta pérdida es un sello y la base que les acompaña para su nueva vida y la de sus hijos. (Foto: José Mejía)